El tranvía, aquel fenómeno social

FERROCARRILES DEL SUD --INFORME

 
Nació en 1863, tirado por caballos. Y en 1897 se hizo eléctrico. LLegó a transportar más de 600 millones de personas al año.

Al sur. El servicio que iba a Lanús, operó hasta el 19 de febrero de 1963.


En los últimos meses, el tema de quién se encarga de subtes, colectivos y trenes se convirtió en algo que parece el cuento del gran bonete. Es que el transporte de pasajeros en la Gran Ciudad siempre fue clave para movilizar a millones de personas. Y dentro de esa historia hubo un elemento que, durante un siglo, resultó vital: el tranvía.

La palabra se origina en la expresión inglesa tramway, cuya traducción literal sería algo así como “camino de rieles planos”, aquello que los porteños convirtieron en “tranguai”.

En Buenos Aires todo empezó en 1863, como algo complementario del ferrocarril, aunque siete años más tarde ya integraba el paisaje urbano. Eran tirados por esos caballos grandotes y potentes conocidos como percherones. Por entonces, las redes creadas por los hermanos Méndez (Agustín, Teófilo y Nicanor), los hermanos Lacroze (Julio y Federico) y Mariano Billinghurst, resultaron de gran importancia. Pero tal vez el más famoso de esos servicios haya sido el del “tranguaicito” en la zona de Belgrano.

El crecimiento del servicio en la Ciudad iba a llegar hacia el fin del siglo XIX con algo revolucionario: la electricidad. El primer recorrido experimental se hizo en abril de 1897, por la avenida Chavango (actual Las Heras) entre Scalabrini Ortíz (entonces Canning) y la Plaza de los Portones (ahora Plaza Italia). Fue por impulso de un ingeniero estadounidense llamado Charles Bright, creador de la empresa “Tranvía Eléctrico de Buenos Ayres”, la primera que hubo aquí.

Desde ese momento, el tema sería un fenómeno social, tanto que en el primer cuarto del siglo XX la red de los tranvías porteños ya era la mayor de América latina y una de las principales del mundo: tenía casi 900 kilómetros de vías, más de 3.000 vehículos y empleaba a 13.000 personas que trabajaban en los cien recorridos y en los múltiples talleres donde hasta se fabricaban coches con diseño propio. Pero lo más impactante era la cantidad de pasajeros que transportaban cada año: según la Asociación Amigos del Tranvía (que está en Caballito y mantiene un servicio de tranvías históricos que aún recorren el barrio) superaba los 600 millones de personas. Eso era así por los múltiples viajes que hacía cada una cada día. El costo del boleto (10 centavos, o 5 en horarios “obreros”) lo había hecho tan popular que a Buenos Aires se la conocía en el mundo como “la ciudad de los tranvías”.

Por supuesto que no todo fueron rosas. También hubo espinas, como la tragedia del 12 de julio de 1930 cuando uno cayó al Riachuelo en un puente levantado para que pasara una chata. La niebla de la madrugada jugó contra la vida y de 60 personas sólo sobrevivieron cuatro.

El final de aquellos trenes de un solo coche, que andaban a 30 kilómetros por hora, llegó en los 60. El último servicio circuló el 26 de diciembre de 1962, aunque algunas líneas (en especial en Lanús) lo hicieron hasta el 19 de febrero de 1963.

Entonces esos “tranguais”, que hasta tuvieron buzones portátiles para transportar correspondencia desde barrios alejados, quedaron en el pasado. Con ellos se fueron las vías de noble acero. Algunas se fundieron para nuevas obras; otras quedaron bajo el asfalto y, cada tanto, afloran junto a algún bache. También desapareció un bar que estaba en Corrientes y Medrano, donde paraban los conductores y guardas del Lacroze. Como usaban uniforme verde (el color que identificaba a la compañía) se lo conoció como “El café de los Loros”. Pero esa es otra historia.

Clarín.com 
 22/03/2012

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